Archivos para Septiembre 2007

Primeras clases

Esta semana ya he ido a mis primeras clases, y la verdad es que he tenido impresiones de todo tipo: en algunas he entendido más o menos lo que pasa y he podido interactuar en la medida de lo posible, mientras que en otras, como decía Karla, me he enterado de mi nombre y poco más (hasta el punto de que de repente veía que todos se ponían a escribir algo o se levantaban y no sabía por qué). A ver si esta semana empiezo a enterarme de algo más. Todas las asignaturas que tengo son de lengua japonesa y casi todo el mundo sabe un montón, o eso parece. Aunque suene algo redundante: ¡qué máquinas son los chinos, que se saben todos los kanjis! Más del 90% de los alumnos son chinas o taiwanesas, y aunque en la mayoría de las clases la gente está atenta, también hay bastante pasotismo.

Voy a tener unas ocho o diez asignaturas a la semana, de hora y media cada una más o menos. Puede parecer poco, pero es que requieren mucho tiempo, al menos para mí; en algunas mandan bastantes deberes y además quiero tener tiempo libre para poder estudiar por mi cuenta y estar con la gente, que es con la que más voy a practicar y aprender. Estos días, muy a mi pesar, en muchos casos no me queda más remedio que recurrir al inglés, si bien noto que en un mes o dos quizá ya pueda comunicar sin excesivos problemas. Eso sí, cuando hablo debo de soltar aberraciones gramaticales dignas de grabar en piedra para la posteridad.

Aparte de en las asignaturas de japonés los martes también voy a participar en dos seminarios del departamento de español de la universidad que están organizados por el profesor Uritani, al que conocí en Salamanca hace dos años. Así aprovecho para escuchar más japonés, hablar un poco de castellano y conocer a más gente; quizá alguno con mucha paciencia quiera hacer un intercambio lingüístico. Algunos de ellos ya han estado en Salamanca y parecen muy majos.

La verdad es que la vida universitaria de aquí se presenta bastante bien. Varias clases me parecen interesantes, aunque sólo sea por escuchar japonés, y el campus está muy bien. Suelo comer en los comedores universitarios, con comida japonesa sabrosa y barata. Suelo cenar con los de la residencia, en alguna habitación: ayer precisamente me puse ¡a freír espárragos! Oishii ― ricos ricos. Eso sí: aquí el arroz es el pan de cada día.

¡Y a ver si saco unas fotos! Es que con la tecnología punta que hay aquí (mi móvil tiene hasta un lector de códigos de barras), cuando me vean la cámara me van a tomar como recién salido de Cuéntame. La verdad es que el sitio es muy bonito: cuando me levanto por la mañana desde mi ventana se ven las montañitas, que sobresalen por encima de una niebla que avanza poco a poco y se mezcla con los bosques y un cementerio que hay a lo lejos, en una ladera.

Estos días he conocido a bastante gente, aunque la comunicación todavía se ve muy entorpecida por mis limitaciones. Es muy agobiante pasar a ser el último de la clase y, al término de ésta, enfrentarte a un entorno con el que es difícil interactuar; además cuando hablo a todos se les dibuja una sonrisa muy sospechosa, ja, ja. Bueno, tiempo al tiempo.

Ya estoy aquí

Aunque todavía no me lo acabo de creer: sí, ya estoy en Japón ¡Y menudo viaje! En el avión intenté dormir todo lo que pude… algunas horas sueltas por encima de la eterna Rusia; y es que doce horas son lo que tardé en llegar desde Milán a Tokio. Hace dos días que llegué al aeropuerto de Narita (Tokio), al que fueron a recogerme Yūki y Kei, dos japonesas muy simpáticas que estudian castellano en la Universidad de Takushoku y que me han ayudado un montón. Me trajeron hasta la residencia, que la verdad está muy bien: tengo una habitación con una especie de “baño empotrado”, cocina con campana extractora, aire acondicionado, un balconcillo, una cama bien cómoda, etc y a la entrada hay un espacio para descalzarse y todo. ¡Al parecer aquí la gente come en el suelo!

Lo mejor de todo han sido todas las cosas que me ha dejado Karla -¡tantas veces le tendré que dar las gracias!-: sábanas, cacharros, instrumentos de limpieza, una televisión, libros  y un sinfín de cachivaches la mar de útiles. La zona es muy verde y algo montañosa (por las noches hay un incesante canto de grillo); la verdad es que lo poco que he visto de la universidad es muy bonito y las instalaciones son excelentes allá donde vayas. Hace mucho calor, unos 30ºC, y hay muchísima humedad; me recuerda mucho a Cuba.

Estuve en la oficina de relaciones internacionales de la universidad, donde me dieron la bienvenida, y luego fui al supermercado: ¡vaya cacao! Es que aparte de no entender los carteles y etiquetas, ya le puedo dar mil vueltas al producto para verlo por todos lados que no consigo averiguar qué es ni a qué sabe.

Lo poco que he visto de Japón me ha sorprendido bastante y la verdad es que nunca antes me había sentido tan fuera de lugar. La gente es muy amable y exageradamente servicial. En las tiendas se desviven -¡corriendo con pasitos cortos de un rincón a otro!- por tratarte de la mejor manera, con una sonrisa de oreja a oreja y millones de reverencias y expresiones formales. Allá donde pongas la mirada hay un cartel publicitario y hay normas por todos lados y grabaciones que te explican por dónde ir, qué hacer, etc. y cuando no hay un empleado con un altavoz repitiendo lo mismo una y otra vez. Todo está reglado y medido… ¡ya puede temblar la Bürokratie alemana que vaya un gran rival hay aquí! Para comprarme un móvil (¡tan moderno!) no veáis qué lío; menos mal que Yūki me ha acompañado todo un día para hacer todo el papeleo y la he aburrido hasta el infinito y más allá. De nuevo, arigatō.

Con el japonés ando un poco verde… a ver si con el tiempo arranco. Probablemente lo más extraño es ser una minoría visible, es decir, ser de otra raza. Es como si el entorno te gritara: aquí no encajas. He estado dos días sin ver a un occidental… y lo primero que he pensado al ver uno es: ¡qué ojos tan excesivamente grandes! Ja, ja. Es divertido.

Esta mañana me han llevado Denny, un chico de la residencia, y unas amigas suyas, todos indonesios, al Tokyo Game Show, la mayor feria japonesa de videojuegos: imaginaos cuánta gente podría haber ahí (he visto a varios españoles y todo). Lo más curioso: un montón azafatas que posan con los carteles de los videojuegos y reparten folletos a mansalva y otro tanto de visitantes disfrazados hasta el último detalle de personajes de videojuegos que, cómo no, posaban ante las cámaras del público, algo así como una especie de carnaval megafriqui manga; algo alucinante. Esto ha sido en la prefectura de Chiba, al oriente de Tokio. El viaje ha sido espantoso, una mezcla de claustrofobia y agorafobia que me ha provocado un malestar que todavía casi no se me ha pasado. Esto es infinitamente grande, con edificios que se pierden en el horizonte, y hay mucha mucha mucha gente; la verdad es que la vida aquí debe de ser muy estresante.

Bueno, ya termino: para cenar me he comprado un racimo de uvas (400 g = 385 yenes, en la frutería más barata) y una bolsa de arroz con pollo para microondas (sólo 100 yenes). ¡Ay, a ver si mejoro con los palillos…! Dandan, poco a poco.

La verdad es que han pasado muchas cosas en muy poco tiempo y lo cuento de forma un poco desordenada, a ver si ya para la próxima me aclaro más. Ya os seguiré contando.

Despegue

Bilbao-Milán-Tokio. Alitalia.


 

Septiembre 2007
L M X J V S D
    Oct »
 12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930

a

page counter