Esta semana ya he ido a mis primeras clases, y la verdad es que he tenido impresiones de todo tipo: en algunas he entendido más o menos lo que pasa y he podido interactuar en la medida de lo posible, mientras que en otras, como decía Karla, me he enterado de mi nombre y poco más (hasta el punto de que de repente veía que todos se ponían a escribir algo o se levantaban y no sabía por qué). A ver si esta semana empiezo a enterarme de algo más. Todas las asignaturas que tengo son de lengua japonesa y casi todo el mundo sabe un montón, o eso parece. Aunque suene algo redundante: ¡qué máquinas son los chinos, que se saben todos los kanjis! Más del 90% de los alumnos son chinas o taiwanesas, y aunque en la mayoría de las clases la gente está atenta, también hay bastante pasotismo.
Voy a tener unas ocho o diez asignaturas a la semana, de hora y media cada una más o menos. Puede parecer poco, pero es que requieren mucho tiempo, al menos para mí; en algunas mandan bastantes deberes y además quiero tener tiempo libre para poder estudiar por mi cuenta y estar con la gente, que es con la que más voy a practicar y aprender. Estos días, muy a mi pesar, en muchos casos no me queda más remedio que recurrir al inglés, si bien noto que en un mes o dos quizá ya pueda comunicar sin excesivos problemas. Eso sí, cuando hablo debo de soltar aberraciones gramaticales dignas de grabar en piedra para la posteridad.
Aparte de en las asignaturas de japonés los martes también voy a participar en dos seminarios del departamento de español de la universidad que están organizados por el profesor Uritani, al que conocí en Salamanca hace dos años. Así aprovecho para escuchar más japonés, hablar un poco de castellano y conocer a más gente; quizá alguno con mucha paciencia quiera hacer un intercambio lingüístico. Algunos de ellos ya han estado en Salamanca y parecen muy majos.
La verdad es que la vida universitaria de aquí se presenta bastante bien. Varias clases me parecen interesantes, aunque sólo sea por escuchar japonés, y el campus está muy bien. Suelo comer en los comedores universitarios, con comida japonesa sabrosa y barata. Suelo cenar con los de la residencia, en alguna habitación: ayer precisamente me puse ¡a freír espárragos! Oishii ― ricos ricos. Eso sí: aquí el arroz es el pan de cada día.
¡Y a ver si saco unas fotos! Es que con la tecnología punta que hay aquí (mi móvil tiene hasta un lector de códigos de barras), cuando me vean la cámara me van a tomar como recién salido de Cuéntame. La verdad es que el sitio es muy bonito: cuando me levanto por la mañana desde mi ventana se ven las montañitas, que sobresalen por encima de una niebla que avanza poco a poco y se mezcla con los bosques y un cementerio que hay a lo lejos, en una ladera.
Estos días he conocido a bastante gente, aunque la comunicación todavía se ve muy entorpecida por mis limitaciones. Es muy agobiante pasar a ser el último de la clase y, al término de ésta, enfrentarte a un entorno con el que es difícil interactuar; además cuando hablo a todos se les dibuja una sonrisa muy sospechosa, ja, ja. Bueno, tiempo al tiempo.