El pasado jueves fui con unos amigos de la universidad y la residencia al parque de atracciones Fuji-Q Highland. La verdad es que una de las cosas que más me sorprendió fue el camino en bus hasta el lugar. La autopista atravesaba, túnel tras túnel, puente tras puente, un paisaje de montañas imponentes con bosques muy frondosos, equiparable a los Picos de Europa. Es increíble que tan cerca de la gran urbe haya un paisaje tan virgen y sobrecogedor. Supongo que la pronunciada pendiente de los montes hace imposible que los exploten. Eso sí, la zona más baja de los valles, con ríos y lagos, tiene casas hasta en el último rincón, apelotonadas unas sobre otras, con algún huequecito donde se cultiva arroz.
Bueno, eso fue sólo el comienzo, porque el parque de atracciones está al pie del monte Fuji, epítome de todo lo japonés. Pero como estaba nublado, no se llegaba a ver la cumbre. El parque no es especialmente grande pero tiene bastantes atracciones, varias con récords mundiales.
En la que primero montamos fue en Fujiyama, que es la montaña rusa con la mayor caída del mundo, unos 78 metros. Fue muy divertida; lo malo es que mientras asciendes van apareciendo unos carteles que indican la altura a la que te encuentras: 30m, 40m, 50m, 60m… ¡la subida se hace eterna! Yo me monté dos veces. La atracción aparece en esta foto, que sacamos desde la noria:

Lo que se ve a la izquierda, abajo, es Dodonpa, una montaña rusa en la que sales disparado y alcanzas los 178km/h en menos de dos segundos. Yo iba en primera fila y al principio apenas pude ver nada; además con el aire se me saltaban las lágrimas por toda la cara. ¡Una hora de cola para un minuto de atracción!
Otra muy divertida fue Eejanaika:

Aquí, a la vez que avanzan por el carril, los propios asientos rotan y te hacen dar giros repentinos de 360º. Esto hace que sea la única en el mundo con un total de 14 inversiones: vamos, una locura. También estuvimos en una especie de casa del terror que ha sido la mayor decepción que jamás haya tenido con una atracción: ni miedo ni nada. No faltó tampoco una vuelta en el carrusel y las típicas cosas de los parques de atracciones, con millones de sesiones de fotos con mil cámaras distintas.
Para rematar el día fuimos a cenar a la ciudad en la que vivo, Hachiōji, y de paso darle una sorpresa a Ramazan (bueno, este es su nombre a la japonesa… no sé cómo se llama en realidad). Era su cumpleaños, así que le compramos una tarta y todo el restaurante le cantó el Happii baasudee tu yuu.
De izquierda a derecha: el ruso (homenajeado), el indonesio, yo, el surcoreano, el egipcio, la filipina y la surcoreana; y el fotógrafo, ¡peruano! Eso sí, en el aire lo que suena es japonés. Ay, ¡si es que damos la nota allá donde vayamos!
