Este fin de semana ha sido la fiesta de la universidad, con un montón de actividades a lo largo de cuatro días. Todo el campus se llenó de puestecitos con especialidades gastronómicas de muchos países, que hacían los propios estudiantes; probé comida coreana, japonesa, filipina, egipcia, indonesia… ¡y hasta había churros! Eso sí… con helado, canela o miel: para gustos, los colores. Hubo bailes, conciertos y un sinfín de salas temáticas (sobre países, costumbres, música, arte, etc.), todo muy bien ambientado y organizado por los alumnos, que además participan en masa. Qué gran contraste con las fiestas universitarias de España (y en general con cualquier tipo de celebración), donde la gente sólo sabe divertirse de una única manera.
Por otro lado, el pasado sábado salí de fiesta por Shibuya, uno de los barrios más ajetreados e internacionales de Tokio. Hay un montón de marcha, con discotecas, bares y restaurantes por doquier. El paisaje urbano es alucinante: la calle está repleta de de letreros luminosos, pantallas de televisión gigantes, pasos de peatones en diagonal por todos lados y tiendas y más tiendas de lo más chic.
La verdad es que no sabíamos muy bien por dónde salir, así que mirando por internet decidimos ir a la discoteca Atom. Está muy cerca de la estación de tren. Por entrar antes de medianoche pagamos “sólo” 1000 yenes (unos 6€). A las chicas -sólo a ellas- les regalaban dos consumiciones. Aquí la cuestión de los precios es muchas veces descaradamente sexista: por lo general, en los lugares en que existe barra libre o bufé los chicos han de pagar más por el mismo servicio. Pero es que la cosa no queda ahí: en cada una de las salas de la discoteca las chicas tenían una sección reservada, con mesas, para que se pudieran sentar y estar a gusto. ¡Casi nada, y yo todo el rato de pie! Pero, bueno, me pusieron Bomfunk MC’s, así que yo, como unas castañuelas.
Dentro está prohibido sacar fotos, así que pongo una de Shinjuku que saqué hace poco… el ritmo frenético de Tokio se respira en cualquier rincón:

Y es una pena que no pudiera sacar fotos en la discoteca, porque los especímenes de su interior se merecían una sesión al completo… ¡menudas pintas! Por aquí abundan los seguidores de la corriente gyaru: pelo clarito, complementos estrafalarios y la cara muy morena (alguien explicó esto mejor que yo aquí). Y es que que lo de la cara quede muy raro (especialmente en un japonés) no quita para que haya incluso chicos en mi universidad que se maquillan de un color tan oscuro que parece que llevan toda la vida viviendo en Jamaica. La verdad es que, a pesar de que el volumen estaba altísimo, la discoteca en sí no estuvo nada mal: tres salas distintas, pinchadiscos en directo, muchas luces, rayos láser verdes en plan Jeniffer López y hasta humo rosita de barraca de feria, ja, ja.
Y para rematar el día, vimos amanecer desde el tren, con el monte Fuji nevado sobresaliendo en el horizonte. Aquí todo tiene su toque nipón. Pues nada, ¡habrá que repetir!